Por la mañana
el juego era encontrar cuántos tipos de pájaros cantaban sobre el río.
El primer día conté once: había uno que como un reloj
o un gallo
nos despertaba temprano. Después callaba
y otra vez nos dormíamos.
Allá nadie te escucha, no es como acá:
allá no hay vergüenza
ni reuniones de consorcio.
Entonces pensamos en gritar.
Fuerte.
Esa misma noche salimos
por turnos, a gritar en soledad sobre la tormenta
y cada vez, volvíamos
mojados con los pies de tierra
así, como si nada:
pero algo dejábamos entre los árboles.
Más tarde, el sol pegando justo en el muelle. La lluvia sobre el barro desaparecía.
miércoles, 14 de octubre de 2009
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aaaaai. la naturaleza es lo mejor del mundo.
ResponderBorraripis
ResponderBorrarlo me-jor!!!! =)
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